martes, 24 de febrero de 2009
lunes, 9 de febrero de 2009
De músicos ambulantes
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Caminaba Mario silbando una melodía que acababa de inventar, golpeaba sus manos abiertas con los dedos extendidos contra su guata bonachona y felíz, a pesar del desorden, bullicio y ajetreo del mercado Central, lo hacía felíz el arroz chaufa con lomo saltado, la sopa wantán y la inca kola helada personal, que hace unos minutos se habia sentado a disfrutar en un chifa de la calle Capón, y que ahora estaban digiriéndose en sus jugos gástricos, inflando su epigastrio un poco más de su estado basal. Silbaba felíz, una melodía mezclada de ritmos, total, los silbidos no son rock, ni pop, ni cumbia, ni chicha, ni huayno, ni vals, ni (porsupuesto) música clásica, sólo es música de pájaritos y ranas y grillos y lobos, caminaba por la pista llena de transeúntes, comerciantes al paso, mendigos y por supuesto, músicos ambulantes. Entonces, ya no silbaba, sólo escuchaba, una pareja de ciegos, con su acordeón tocaban un huaynito alegre. Los anteojos ahumados de aquella señora entrada en años y canosa, reflejaban a la gente mientras se acercaban a dejarle las monedas que les sobraban, el compañero se esmeraba tocando su acordeón, el cual recitaba las notas tristes que su voz alegraba "qué hermosa flor, que linda flor... qué hermosa flor es esa chiquilla, esa chiquilla...";
Mario sintió una nostalgia por el recuerdo de su madre, así que le dejó la moneda más grande que tenía en el bolsillo, una de cinco soles.
Al seguir caminando, quizo continuar silbando, y lo interrumpió, no sólo las ofertas "la docena de cuardernos a 35 soles, a ver caseritaaaa", "a cinco soles, el manual del pendejoooo", "listas escolares, a buen precio caseritaaaaaaaaa", sino tambien la voz de un tipo flaco, con una manzana de Adán prominente, con canas prematuras y un camisa negrísima, que tenía en plena calzada un parlante potente, que inundaba la calle con la pista musical de una canción de la hora del lonchecito, cantaba simulando estar en un concierto a estadio lleno en el monumental de la U, "sentado frente al mar... mil besos yo te dí..."
Y Mario se acordó de aquella chica que se fué, y lo cambió por un tipo mucho mayor, y que, al preguntarle por qué, le dijo, porque contigo no tengo futuro, le hizo gracia recordar que se la encontró hace un año, delgadísima y ojeroza, y ya no era la que él conoció, ni el cincuentaporciento. Sacó una moneda de diez céntimos, y le dió verguenza, así que le dió al cantor un sol, el cual hizo un ruido seco al caer en su lata.
Bueno, ahora sí, se dijo, caminaré sin silbar, sino la gente va a pensar que estoy loco, y miraba hacia todos lados, por sobre el hombro y hacia atrás tambien, pues ya se acercaba a la avenida Abancay, daba largos trancos, para apurarse, cerraba los puños para que no piensen que era una presa perdida y fácil, miraba a los sospechosos y los marcaba, y entonces, una melodía como de una orquesta con trompetas, órgano y percusión sonaba un tabaco y ron. Bien animoso un hombrecito sentado con los miembros inferiores ausentes y un brazo perdido, se esmeraba en mover su única mano completa sobre el órgano, golpear el timbal ladeado con su muñón del miembro inferior derecho e intercambiar la trompeta de plástico con la voz que recitaba la letra "quita esa mala cara compáre, que te va a matar esa amagura, esa amargura, esa amarguraaaa".
Mario vio que ese hombrecito tenia un cartel que decia "Una moneda para un Ex-Combatiente del Glorioso Ejército Peruano", y simplemente, ese hombrecito le hizo acordar que todos tenemos y debemos y podemos, ser una orquesta. Sacó de su bolsillo todas sus monedas, se las dejó en la media lata de betún del hombrecito, y se fué corriendo a alcanzar el micro que acababa de pasar y al que subió al vuelo...
Subió por la puerta trasera del micro, y caminó hacia la parte delantera, pidiendo permiso, se agarró fuerte del pasamanos, con la mano derecha y empezó: "Señores y señoras, les voy a dedicar una canción, espero colaboren con un padre de familia honrado, que se gana la vida de esta manera, vendiendo estos ricos y deliciosos turrones... les voy a dedicar una cancióncita, y al terminar pasaré por sus asientos, espero no me den la espalda, ni se hagan los dormidos, ni me liren con mala cara, una moneda no te hace ni rico ni pobre, y la canción dice asi ...."
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Relato, cuentito o no se qué, de creación propia, siempre que se cite la fuente, copiar y pegar no es delito.
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Video extraído del youtube, hagan doble click
lunes, 26 de enero de 2009
El César Vallejo que yo conocí
Corría el año 1917 y yo vivía con mis padres en una hacienda de la sierra del norte del Perú, situada exactamente en las últimas estribaciones andinas de la provincia de Huamachuco. Se llama Marcabal Grande y hasta esa hacienda llega ya, subiendo por el cañón abismal del río Marañón, el rescoldo cálido de la selva amazónica. Mi vida había sido la de un niño campesino, hijo de hacendados, a quien su padre enseña en el momento oportuno a leer y escribir pasablemente y las artes más necesarias de nadar, cabalgar, tirar al lazo y no asustarse frente a los largos caminos y las tormentas. Alternaba mis trajines por el campo -donde me placía de modo especial un paraje formado por cierto árbol grande y cierta piedra azul- con lecturas de Andersen, Las mil y una noches y otros libros maravillosos, entre ellos un grueso volumen del naturalista Raimondi sobre viajes y exploraciones de la selva que me parecía igualmente fantástico. Yo soñaba con ir a la selva, pero no como un sabio a estudiarla sino como un pionero. Conquistaría ese mundo poblado de árboles innumerables y de indios bravos.A los siete años de edad, tales eran mis conocimientos y mis anhelos, pero mis padres abrigaban ideas más amplias sobre mi preparación y un día me anunciaron que debía ir a Trujillo, una lejana ciudad de la costa, a estudiar. En compañía de un hermano menor de mi padre, que pasó con nosotros sus vacaciones, hice el largo viaje. Ésos fueron para mí reveladores días en que trotamos a través de dos de las riscosas cadenas de los Andes, bajando muchas veces hasta valles cálidos ubicados en el fondo de las quebradas y los ríos y subiendo, otras tantas, hasta altos páramos rodeados de rocas contorsionadas. Vimos muchos pueblos y aldeas y nos golpearon frecuentemente los tenaces vientos y lluvias de marzo. Dado el fin de estas líneas, debo apuntar que estuvimos en la ciudad de Huamachuco, capital de nuestra provincia, y que saliendo de allí y al encaminarnos hacia una cordillera muy alta, se abrió el camino de la ciudad de Santiago de Chuco, capital de la provincia limítrofe, donde había nacido César Vallejo.
En ese largo viaje a caballo, que duró siete días sin contar el tiempo que pasamos en casa de amigos que mi padre tenía en la región, me impresionaron sobre todo las altas montañas de los Andes, la puna enhiesta, llena de soledad y silencio y una sobrecogedora dramaticidad que parece nacer de sus inmensas rocas que se parten, formando abismos de vértigo, o trepan y trepan con un terco afán de altura que no se cansa de herir el toldo encapotado del cielo. A veces, el paisaje se dulcifica un poco, tiene bondad de árboles frutales en los valles y ternura de sembríos ondulantes en las laderas, pero todo ello no es sino una tregua, porque predominan las rijosas montañas que se desnudan subiendo a diez o quince mil o más pies de altura. En el alma de quien cruce los Andes o viva allí persistirá siempre la impresión, que es como una herida, del paisaje abrupto hecho de elevadas mesetas, donde apenas crecen pajonales amarillentos, y de roquedales clamantes. Hay tristeza y sobre todo una angustia permanente y callada. Los habitantes de ese vasto drama geológico, casi todos ellos indios o mestizos de indio y español, son silenciosos y duros y se parecen a los Andes. Aun los de pura ascendencia hispánica o los foráneos recién llegados, acaban por mostrar el sello de las influencias telúricas. Azotados por las inclemencias de la naturaleza y las inclemencias sociales -en exponer éstas ya he empleado varios centenares de páginas- sufren un dolor que tiene una dimensión de siglos y parece confundirse con la eternidad.
Todo lo dicho viene a cuento porque, días después de aquel viaje, debía encontrar en mi profesor César Vallejo a un hombre que procedía de esos extraños lados del mundo y los llevaba en sí. El caso es que llegamos a Trujillo, ciudad de la costa clara y soleada, agradablemente cálida. En su ambiente colonial, con trece iglesias de labrados altares y casas de grandes portones, patios amplios y balcones de estilo morisco, daban su nota de modernidad los automóviles que corrían por calles pavimentadas, la luz eléctrica, los trenes que traqueteaban y pitaban yendo y viniendo de los valles azucareros o el puerto próximo. Mi niñez, acostumbrada a la naturaleza virgen, estaba muy asombrada de tanta máquina y del cine y otras cosas más, inclusive de la numerosa gente locuaz, que vestía a la moda. Hasta que un día, cuando mis piernas endurecidas y adoloridas por la cabalgata se agilizaron, mi abuela resolvió mandarme a clase.
Un circunspecto señor, cargado de años y sapiencia, estaba de visita en casa la noche de un domingo, y entonces escuché por primera vez el nombre de Vallejo y las discusiones que provocaba. Se habló de que al día siguiente iniciaría mis estudios.
-Si tuviera un nieto -opinó el señor en un tono de sugerencia- lo mandaría al Seminario. Está regido por eclesiásticos y es muy conveniente...
Yo era todo oídos escuchando esa conversación que me revelaba mi destino de estudiante. Mi abuela repuso con dignidad:
-Es que su padre ha escrito que se lo ponga en el Colegio Nacional de San Juan. Es lo que ha dicho terminantemente. Todos los hombres de la familia se han educado allí.
-¿Y a qué año va a ingresar?
-Al primer año de primaria...
El anciano por poco dio un salto y luego dijo, muy excitado:
-¡Mi señora!, ésa ya no es cuestión de colegios sino de buen sentido... ¿Sabe usted quién es el profesor de primer año en San Juan? ¿Lo sabe usted? Pues ese que se dice poeta, ese César Vallejo, un hombre a quien le falta un tornillo...
-Al fin y al cabo... para enseñar el primer año... -dijo mi abuela tratando de calmarlo.
Mas nuestro visitante estaba evidentemente resuelto a salvar del peligro a un pobre niño indefenso como yo, y argumentó:
-No, no, mi señora... Ese Vallejo, si no es un idiota, es cuando menos un loco. ¿No podrían ponerlo en segundo año?
Al entrar me sorprendió ver que el niño estaba leyendo el periódico...Mi presunto salvador puso una cara de desconsuelo cuando mi abuela apuntó:
-Sí, ya sabe leer y escribir aceptablemente, pero no las otras materias que se enseñan en el primer año.
El anciano estaba evidentemente resuelto a agotar todos sus recursos para librar a mi pobre cerebro de influencias perturbadoras, y tomó un rumbo más pacificador.
-Pero no me va usted a discutir, señora mía, que en cuanto a educación y especialmente en cuanto a religión se refiere, el Seminario es el mejor colegio. Está adquiriendo mucho prestigio...
Y mi abuela:
-En San Juan también enseñan la religión, según el reglamento de estudios, y no son anticatólicos...
El señor abandonó la partida, pero sin duda para consolarse a sí mismo se puso a hacer consideraciones fatales para el modernismo y no sé cuántos ismos más y luego echó rayos y centellas de carácter estético contra el arte de mi profesor, todo lo cual no entendí. Marchóse por fin, llevándose una expresión de discreta contrariedad y no sin desearme buena suerte en una forma entre esperanzada y compasiva.
Me fue difícil conciliar el sueño en medio de la inquietud que se apodera de un niño que irá a la escuela por primera vez y pensando en mi profesor, que según decían era poeta y a quien el severo anciano había llamado loco cuando no idiota.
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(*) Publicado originalmente en 1944 en Cuadernos Hispanoamericanos, este perfil del gran poeta del Perú apenas si ha tenido difusión.




